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09 Septiembre 2019

Cigarrillos electrónicos, evidentemente dañinos

El uso de estos suministros de nicotina se percibe como una alternativa segura. Sin embargo, la evidencia indica que perjudican el funcionamiento pulmonar, reduciendo su capacidad para combatir infecciones virales.

Durante mucho tiempo fumar fue considerado un hábito, un acto social, un símbolo de independencia y madurez socialmente aprobado y potenciado. Sin embargo, hoy la tendencia es totalmente contraria, tanto así que se ha desterrado cualquier connotación positiva a su consumo.

La Organización Mundial de la Salud (OMS) define al tabaquismo como una enfermedad adictiva crónica y compleja con componentes físicos, psicológicos y sociales, que evoluciona con recaídas. Es la principal causa de patología cardiovascular, oncológica y respiratoria y de muerte evitable.

Se ha estudiado que el humo generado en la combustión del tabaco contiene alrededor de 4.500 elementos químicos, muchos de los cuales pueden ser considerados como tóxicos y carcinogénicos para el hombre.

De todos ellos, la nicotina es el agente responsable máximo de la generación de comportamientos adictivos y de dependencia entre los consumidores habituales; mientras que los alquitranes, monóxido de carbono y partículas del humo de las consecuencias patológicas derivadas del hecho de fumar.

Esta enfermedad es una de las mayores amenazas para la salud pública que ha tenido que afrontar el mundo. Al año mueren más de ocho millones de personas por esta epidemia, de las cuales cerca de siete son consumidores directos y alrededor de 1,2 millones son fumadores pasivos.

Para intervenir sobre este problema, la OMS invitó a sus países miembro a firmar un Convenio Marco para el Control del Tabaco (CMCT), primer tratado internacional que entró en vigencia en 2005 y que, basado en pruebas científicas, reafirma el derecho de todas las personas al goce del grado máximo de su salud. En esa línea, los gobiernos desplegaron una serie de medidas para vigilar el consumo y potenciar políticas de prevención. 

En los últimos años se han dado pasos importantes impidiendo la publicidad directa, obligando a informar en las cajetillas sobre los efectos perjudiciales que fumar tiene para la salud; limitando los lugares para hacerlo; y prohibiendo la venta a menores de edad. 

A pesar de ello y como una forma de “fumar inocuamente” –vapear– se comenzaron a popularizar una serie de sistemas electrónicos de administración de nicotina (SEAN) –conocidos como cigarrillos, vapeadores, plumas de vapor o pipas de agua electrónicas– que no son considerados productos de tabaco, aunque contengan nicotina. 

Desde su entrada en el mercado en 2012, las ventas de SEAN han crecido rápidamente y según la OMS podrían alcanzar los US$ 26.840 millones en 2023. Un estudio realizado en 2014, identificó la existencia de 466 marcas y 7.764 tipos de aromatizantes (DOI.org/10.1136/tobaccocontrol-2014-051670).

Se trata de dispositivos que, al calentar una solución –compuesta por propilenglicol, con o sin glicerina y algunos productos químicos fragantes– generan un aerosol o vapor con apariencia de humo casi inodoro que al ser inhalado por una persona simula y sustituye el consumo de tabaco por una sustancia, en principio, inofensiva.

Contrariamente a lo que se cree, esta práctica no es nueva. El vaping, como se le llama también a esta práctica, nació en 1960 para consumir vapor de THC de manera recreacional y, a medida que la tendencia aumenta, cada vez son más los organismos de salud que se están preocupando por su impacto. 

Una reciente investigación de la Universidad de Baylor en Estados Unidos, publicada en el Journal of Clinical Investigation, dio a conocer los resultados de un estudio en ratones expuestos a vapor de cigarrillo electrónico y a humo de tabaco, el cual reveló de qué manera los primeros alteran la homeostasis de los lípidos pulmonares y la inmunidad innata independiente de la nicotina (DOI:10.1172/JCI128531).

Para su realización, se llevó a cabo un experimento con cuatro grupos de ratones que estuvieron expuestos a los vapores de cigarrillos electrónicos que contenían nicotina en su fórmula; vapores sin nicotina, solo con propilenglicol y glicerina vegetal, usados normalmente como solventes en los líquidos de vapeo; humo procedente del tabaco convencional; y los últimos respiraron solo aire limpio durante cuatro meses, que en el ciclo de vida de estos animales equivaldría al tiempo que transcurre desde que una persona es adolescente hasta que cumple 50 años, aproximadamente.

En comparación con los “ratones fumadores”, los “vapeadores” no revelaron signos de enfisema en su tejido pulmonar, pero sí mostraron, incluso en el grupo sin nicotina, una acumulación anormal de lípidos, que interrumpían la función de los pulmones, obstruyendo los macrófagos alveolares, que habitualmente actúan como primera barrera de defensa frente a infecciones respiratorias. 

“En este caso, al infectarlos con influenza A, las células obstruidas se vieron afectadas en su capacidad para combatir el virus”, explicó la doctora Farrah Kheradmand, neumóloga de la Universidad de Baylor y una de las autoras del estudio.

Para la especialista, los lípidos provienen “de dos componentes que se encuentran en casi todos los solventes para vapaer: glicerol vegetal y propilenglicol” y sospecha “que la exposición a estas sustancias puede alterar la función natural del surfactante”.

“Es importante que los usuarios de estos sistemas conozcan que más allá de los sabores o la nicotina añadidas, los solventes utilizados –también conocidos como e-juice– son perjudiciales para los pulmones”, advirtió Kheradmand.

Este estudio podría cambiar la forma de abordar las investigaciones sobre los riesgos de enfermedad de estos dispositivos y, al mismo tiempo, ayudar a aclarar la alerta levantada por el Centro de Control y Prevención de Enfermedades (CDC) de Estados Unidos respecto a una nueva patología respiratoria que está afectado a jóvenes y adultos de ese país, cuyo único patrón común es el uso frecuente de vapeadores de nicotina, cannabinoides y otros químicos.

El organismo junto a la Agencia de Administración de Alimentos y Medicamentos (FDA, por su sigla en inglés) está investigando los riesgos potenciales asociados a estos dispositivos y sus subproductos. En Estados Unidos ya se han reportado dos muertes y más de 300 pacientes con cuadros pulmonares severos al inhalar soluciones, aparentemente, inocuas.

Si bien, en un principio, se creía que estos dispositivos eran mucho más seguros que los cigarrillos convencionales, ya que entregaban menor cantidad de toxinas y carcinógenos, el efecto a largo plazo sobre las vías aéreas y el pulmón recién se está conociendo y, al parecer, el humo que expulsan se está volviendo cada vez más negro.

Por Carolina Faraldo Portus