El cuerpo después del viaje espacial
Radiación, microgravedad y aislamiento: los tres grandes enemigos del cuerpo humano en el espacio. Efectos que la ciencia lleva décadas estudiando y que se vuelven más urgentes a medida que la humanidad apunta más lejos.
A casi 40.000 km/h y expuesta a temperaturas cercanas a los 2.700°C, la cápsula Orión de la misión Artemis II reingresó a la atmósfera terrestre y aterrizó en el océano Pacífico a las 20:07 horas (hora del este de Estados Unidos) del 10 de abril de 2026. Tras un recorrido de 1.117.659 kilómetros y una distancia máxima de 406.771 kilómetros de la Tierra, los cuatro astronautas llegaron más lejos que cualquier otro ser humano en la historia.
Minutos después del amerizaje, se confirmó lo que millones esperaban escuchar: la tripulación se encontraba en excelentes condiciones. Sin embargo, 9 días, 1 hora, 32 minutos y 15 segundos en el espacio no pasan sin dejar una huella en el cuerpo [1, 2, 3, 4]. Durante más de 50 años, la NASA ha investigado los efectos y riesgos del espacio en la salud humana. Así, contribuir a mantener el bienestar y seguridad de los astronautas [5].
La teoría de los cinco peligros del vuelo espacial agrupa estos factores en radiación espacial, aislamiento y confinamiento, distancia de la Tierra, campos gravitacionales y entornos hostiles o cerrados [5, 6]. Efectos que pueden impactar simultáneamente múltiples sistemas del cuerpo humano, entre ellos, el nervioso central, musculoesquelético, cardiovascular, inmunológico y el hígado. Además, alteran el ritmo circadiano y aumentan el riesgo de desarrollar cáncer o ciertas mutaciones [7].
A gravedad cero
Envuelta en una nube de polvo, la cápsula en la que viajaban dos cosmonautas rusos regresó a la Tierra en septiembre de 2024. Al abrir la escotilla, Oleg Kononenko apareció sonriente y levantó ambos pulgares. A pesar del gesto, no pudo ponerse de pie por sí solo y tuvo que ser asistido por los equipos de rescate para salir de la nave. Lo mismo ocurrió con su compañero, Nikolai Chub. Pasaron 374 días en órbita y lejos de la gravedad terrestre [8].
Se trata de una escena común en misiones de larga duración. Transicionar de un campo gravitatorio a otro no es tarea fácil: afecta la orientación espacial, la coordinación ojo-cabeza y ojo-mano, el equilibrio y la locomoción. Incluso algunos pueden experimentar “mareos espaciales” [5].
Sin la gravedad, los huesos encargados de soportar peso también pierden su densidad mineral en promedio entre un 1% y un 1,5% por mes durante un vuelo. Una pérdida ósea que podría no recuperarse por completo al regreso, a pesar de la rehabilitación. Asimismo, la masa muscular y la fuerza se deterioran más rápido de lo que ocurriría en la Tierra a causa de la microgravedad [5, 6].
¿Cómo prevenir? Sin una solución definitiva aún, se implementan intervenciones farmacológicas, en conjunto con guías de ejercicio. Estas recomiendan entrenar seis días a la semana, incluyendo actividades aeróbicas y de resistencia. Uno de los diseños de la NASA es el Dispositivo de Ejercicio de Resistencia Avanzado, que simula un entrenamiento de fuerza en condiciones de gravedad mínima a través del uso de cilindros de vacío y volantes de inercia [6, 9].
Bajo radiación
El campo magnético y la atmósfera terrestres actúan como un escudo natural frente a la radiación espacial. En órbita, esa protección desaparece y los astronautas quedan expuestos a tres fuentes principales: partículas atrapadas en la magnetosfera, partículas energéticas solares y rayos cósmicos galácticos. Estos últimos, especialmente difíciles de bloquear [5].
Las tres corresponden a radiación ionizante, cuyos efectos dependen de la dosis acumulada y del período de exposición [5, 7]. A nivel celular, es capaz de destruir átomos y desencadenar daños que, con el tiempo, pueden manifestarse en cataratas, enfermedades cardiovasculares, cáncer y alteraciones del sistema nervioso central. A esto se suma su impacto en la regulación genética y en el ADN [7].
Blindaje, monitoreo de radiación y procedimientos operativos específicos son parte de la estrategia para reducir estos riesgos de salud. A medida que las misiones se alejen más de la Tierra, la exposición y los riesgos serán mayores. Por eso, comprender los efectos biológicos de los rayos cósmicos es una prioridad para que el ser humano pueda seguir viajando al espacio [5].
Mente al límite
Los cuatro tripulantes de Artemis II pasaron más de nueve días confinados y aislados en una cápsula de tamaño reducido. Una experiencia que, multiplicada por meses o incluso años, representa uno de los mayores desafíos psicológicos del viaje espacial, al punto de derivar en trastornos conductuales, cognitivos o psiquiátricos. Entre ellos, ansiedad, depresión, estrés postraumático, consumo de sustancias y esquizofrenia [5, 6, 10]. Es más, casi todos los astronautas han reportado problemas cognitivos y operacionales relacionados con su sistema nervioso central [10].
En el espacio, la alteración del ritmo circadiano es uno de los riesgos más críticos en misiones prolongadas. Sin los ciclos naturales de luz y oscuridad de la Tierra, regular el reloj biológico se vuelve un desafío. Las consecuencias pueden ir desde trastornos del sueño y bajo rendimiento hasta problemas de concentración, menor estado de alerta y síntomas de ansiedad o depresión [10].
La salud mental y las relaciones interpersonales entre los miembros de una tripulación son esenciales para garantizar el éxito de una misión [6]. Para enfrentar estos riesgos, se aplican medidas antes, durante y después del viaje espacial. Estas incluyen una rigurosa selección y entrenamiento de la tripulación, el monitoreo constante y el apoyo psicológico en vuelo para mitigar el aislamiento, y un proceso de readaptación al regresar a la Tierra, orientado a recuperar el equilibrio físico y mental [10].
El paso por el espacio deja una huella en el cuerpo humano. Cada astronauta que regresa trae nuevos datos, pero también huesos más frágiles, músculos debilitados y una mente que tuvo que aprender a estar sola. En futuras misiones, el desafío no solo es llegar más lejos, sino hacerlo sin comprometer la salud de quienes viajan.
Blibliografía:
[1] BBC. (2026). "Felices y sanos": la tripulación de Artemis II regresa a la Tierra tras completar su histórica misión a la Luna. Recuperado de: https://www.bbc.com/mundo/articles/cq8w4xnwly9o
[2] BBC. (2026). Los astronautas de Artemis II ya están de vuelta en la Tierra: ¿y ahora qué pasa con ellos? Recuperado de: https://www.bbc.com/mundo/articles/c248gr5megjo
[3] BBC. (2026). "Montados en una bola de fuego": cómo fue, paso a paso, el peligroso reingreso a la Tierra de la tripulación de Artemis II. Recuperado de: https://www.bbc.com/mundo/articles/cx24p05n7p7o
[4] El País. (2026). Los astronautas de Artemis 2 aterrizan y concluyen una misión histórica que ha llevado a los humanos a la Luna más de 50 años después. Recuperado de: https://elpais.com/ciencia/2026-04-11/los-astronautas-de-artemis-2-aterrizan-y-concluyen-una-mision-historica-que-ha-llevado-a-los-humanos-a-la-luna-mas-de-50-anos-despues.html
[5] NASA. (2021). The Human Body in Space. Recuperado de: https://www.nasa.gov/humans-in-space/the-human-body-in-space/
[6] Tomsia, M. et al. (2024). Long-term space missions’ effects on the human organism: what we do know and what requires further research. Frontiers in Physiology.
[7] Cao, X. (2022). Research progress on the effects of microgravity and space radiation on astronauts’ health and nursing measures. Open Astronomy.
[8] BBC. (2025). What does spending a long time in space do to the human body? Recuperado de: https://www.bbc.com/future/article/20230927-what-a-long-term-mission-in-space-does-to-the-human-body
[9] Ong, J. & Lee, A. (2022). An introduction to space medicine and the physiological effects of spaceflight on the human body. Spaceflight Associated Neuro-Ocular Syndrome.
[10] Yin, Y. et al. (2023). Long-term spaceflight composite stress induces depression and cognitive impairment in astronauts—insights from neuroplasticity. Translational Psychiatry.
Por Dominique Vieillescazes Morán
Créditos: Bill Ingalls / NASA