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11 Mayo 2020

Fatiga psicológica por la conexión virtual

Las videollamadas demandan mayor atención que un encuentro presencial, pues el cerebro debe trabajar más en procesar señales no verbales. En este contexto de confinamiento, pueden ser agotadoras.

La inmediatez, productividad, gran cantidad de información y avances tecnológicos de la sociedad han traído consigo nuevas y diferentes formas de interacción entre las personas. 

Las Tecnologías de la Información y la Comunicación (TIC), en general, e Internet en particular, están cambiando las relaciones y comportamientos en las empresas y los negocios y, al mismo tiempo, han permitido la mejora en diversas áreas, sobre todo de gestión.

El talento humano es el principal factor de la productividad. Si bien en décadas pasadas era considerado un insumo más dentro de la cadena de producción, esta creencia ha sido superada. Uno de los mayores retos de los administradores es contribuir al bienestar de los recursos humanos para que los colaboradores se sientan bien desarrollando su quehacer diario.

La crisis por coronavirus y las cuarentenas provisorias han forzado la necesidad de implementar el teletrabajo en todas aquellas empresas que puedan. Esta nueva realidad y las variaciones en las rutinas han llevado a las personas a buscar distintas formas y mecanismos para interactuar a la distancia. 

Entre los cambios que esta situación ha traído, se observa un incremento exponencial del uso de plataformas de videoconferencia como Zoom, Skype, WhatsApp, Teams o HouseParty que facilitan el contacto “casi presencial" en el ámbito privado como para reuniones de trabajo o para el ejercicio profesional en distintas disciplinas: clases online, consultas profesionales e incluso psicológicas.

A pesar de ser de gran ayuda, evidencian ciertos “ripios” que están produciendo un agotamiento psicológico y un aumento de los niveles de estrés de las personas que participan diariamente en reuniones virtuales, porque a los interlocutores les falta una parte esencial: la comunicación no verbal.

En el acto de comunicar intervienen seis elementos indispensables: el emisor, persona que presenta la información; receptor, a quien va dirigida; código o lenguaje, que no es otra cosa que un conjunto de signos verbales o no verbales con que se cuenta para compartir algo; el mensaje, es decir, el contenido que se quiere transmitir; un canal que permita su difusión; el ruido, toda aquella señal que impide el proceso comunicativo claro y efectivo; y la retroalimentación, mecanismo que determina la efectividad del mensaje enviado.

Durante toda esta cadena, los sujetos involucrados se influyen mutuamente, interactúan sus subjetividades a través de los procesos de externalización e internalización, los que producen una redefinición y reconfiguración de la subjetividad de la realidad que llega a través de un otro. Por tal razón, el mensaje debe ser directo, específico, oportuno y fácil de comprender.

Los científicos reconocen que el lenguaje oral se codifica en determinadas áreas del cerebro. Lo primero se percibe el sonido a través el giro de Heschl, en los hemisferios derecho e izquierdo. Luego la información pasa al área de Wernicke y de allí al lóbulo parietal inferior que, junto a la corteza prefrontal, se encargan de interpretar los sonidos. 

Pero ya hace una década, investigadores del National Institute on Deafness and Other Communication Disorders de Estados Unidos, sugirieron que los gestos también forman parte de este esquema y que al ser autónomos, pueden ocupar el lugar de las palabras y funcionan como expresiones completas [1]. 

El vínculo comunicacional mediado por una herramienta tecnológica está dejando a un lado ciertos puntos claves como el tono de voz, parte de las expresiones faciales y los gestos físicos que al no ser tan evidentes o se pierden por causa de, por ejemplo, una mala conexión a Internet obliga a el o los participantes a estar más concentrados. Y cuando una reunión en línea cuenta con muchos, puede resultar agotadora.

“Estar en una videollamada requiere más atención que una conversación cara a cara, porque debemos trabajar más en procesar las señales no verbales. Concentrarnos en esos factores consume mucha energía. Nuestras mentes están juntas, cuando nuestros cuerpos sienten que no lo están. Esa disonancia, que nos lleva a tener sentimientos encontrados, es demoledora. No puedes relajarte en la conversación de forma natural, incluso tienes que adoptar una postura distinta, porque estás frente a una cámara”, señala Gianpiero Petriglieri, profesor asociado de comportamiento organizacional de Instituto Europeo de Administración de Empresas ISEAD.

Los silencios también son otro gran tema. En la vida real, forman parte de una conversación, pero en el mundo virtual generan ansiedad e incomodidad. Un estudio realizado por académicos alemanes del Laboratorio Tecnológico de la Universidad Técnica de Berlín demostró que los retrasos en los sistemas telefónicos o de conferencias influyeron negativamente en la apreciación que se tenía del interlocutor. Incluso las demoras de 1,2 segundos hicieron que las personas percibieran al respondedor como menos amigable o concentrado [2].

La fatiga psicológica no solo se debe atribuir a la sobre conexión, sino que también influyen estresores adicionales como el encierro, trabajo doméstico y el compatibilizar obligaciones laborales con tareas escolares, aspectos del diario vivir que antes de la pandemiapor por COVID-19 se encontraban totalmente separados. Actualmente, todos esos roles se desempeñan en un mismo espacio, algo que hace a los sujetos más vulnerables a sentimientos negativos.

La explosión del uso de estas herramientas de acercamiento en línea ha puesto en evidencia que la interacción no presencial es una experiencia difícil para el cerebro, por lo que no resulta extraño que la mente y el cuerpo acusen recibo.

El autocuidado de la salud mental durante el confinamiento es un factor crucial para sortearla saludablemente. Para manejar de mejor forma la ansiedad y estrés, los expertos aconsejan establecer rutinas laborales, limitar los tiempos y el número de reuniones virtuales, fijar un horario de cese para el teletrabajo y dedicar un espacio para actividades relajantes y placenteras después de haber cumplido con los compromisos programados como dibujar, leer libros, escuchar música o hacer ejercicios.

Referencias
[1] Jiang Xu, Patrick J. Gannon, Karen Emmorey, Jason F. Smith and Allen R. Brauna - Symbolic gestures and spoken language are processed by a common neural system. Proc Natl Acad Sci U S A. 2009 Dec 8; 106(49): 20664–20669
[2] Schoenenberg K, Raake A, KoeppeI J. Why are you so slow? – Misattribution of transmission delay to attributes of the conversation partner at the far-end. International Journal of Human-Computer Studies, Volume 72, Issue 5, May 2014: 477-487

Por Carolina Faraldo Portus