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27 Enero 2020

Hikikomori en expansión

Aunque comenzó como un fenómeno de la cultura japonesa en la década de los 90, este síndrome de aislamiento social ha traspasado las fronteras y podría convertirse en un nuevo padecimiento global.

Hombres y mujeres que, por alguna razón, deciden dejarlo todo para dar un vuelco y comenzar un camino diferente en sus vidas -pese a las dificultades que eso pueda acarrear- han formado parte de la historia de la humanidad. 

Motivados por temas religiosos, políticos o artísticos, el aislamiento voluntario fue una práctica habitual de los antiguos ermitaños, que comenzó a masificarse desde los inicios del cristianismo y se multiplicó durante los siglos II y V d.C. como un estilo de entrega en libertad a la vida contemplativa, penitencia y la meditación.

Los “modernos anacoretas” del siglo XXI, amparados por la tecnología como medio de supervivencia, han cambiado el cultivo del espíritu por un encierro circunscrito a las cuatro paredes de sus habitaciones, donde encuentran todo lo que necesitan para subsistir. 

Los hikikomori (del japonés “estar recluido”), es un término usado indistintamente para referirse a la afección y sus pacientes, acuñado por el psicólogo japonés Tamaki Saitō, profesor de la Facultad de Medicina, Psiquiatría Social y Salud Mental de la Universidad de Tsukuba, para definir a una nueva forma de aislamiento severo y prolongado, que fue observando en la población infantil y juvenil del país asiático a fines de la década de los 90.

Cuando estaba comenzando su ejercicio profesional, notó que un gran número de padres se acercaban pidiendo ayuda con hijos que habían abandonado los estudios para ocultarse por meses o años en su cuarto. Se dio cuenta que -particular y sorprendentemente- adolescentes en transición a la edad adulta -en su mayoría varones- se estaban “retirando completamente de la sociedad para permanecer en sus propias casas durante un periodo mayor a seis meses, con un inicio en la última mitad de los 20 años y para quienes esta condición no se explica mejor por otro trastorno psiquiátrico” (DOI: 10.1111/pcn.12895).

Eran pacientes con una aguda ansiedad, pues incluso cuando deseaban salir a experimentar el mundo eran incapaces de hacerlo. Dependiendo del caso, algunos podían sufrir violentos arrebatos de ira, pautas obsesivas, paranoia, depresión o conductas infantiles.

Se consideró originalmente “vinculada a la cultura japonesa”: exigente, competitiva e individualista. Pero el creciente número de casos fuera de esas fronteras llevó a la comunidad médica a cuestionar esa naturaleza y a ser catalogada como una “patología moderna”, todavía underground, que viene acompañada de un acceso desmedido a las tecnologías de la comunicación y la información, plataformas que permiten disimular fácilmente un trastorno evitativo e intolerancia a la frustración.

Impulsados por la evidencia de estudios epidemiológicos y una serie de casos clínicos en el mundo, psiquiatras japoneses y estadounidenses de la Universidad de Ciencias y Salud de Oregón se propusieron establecer una descripción clara y consistente de este problema, para explicar mejor el cuadro clínico de la “enfermedad” y así ayudar en la educación de los médicos respecto a una detección precoz.

“Hace aproximadamente una década, se desarrollaron criterios preliminares y una entrevista diagnóstica semiestructurada con la que pudimos ir adquiriendo una mayor experiencia en la evaluación, tratamiento y seguimiento. Esto ha llevado a una evolución en su comprensión biopsicosocial y a una aguda conciencia de las limitaciones de sus definiciones anteriores”, destaca el doctor Alan Teo, autor principal del trabajo y psiquiatra del Sistema de Atención Médica de Portland

“No es fácil discernir entre el síndrome de hikikomori y otras patologías psiquiátricas en etapas incipientes, porque síntomas como la disforia, trastornos del sueño, problemas de concentración, falta de control de impulsos o deterioro social se vuelven comunes y difusos en el diagnóstico diferencial”.

Esta anomalía se está observando en varios países, ha traspasado las fronteras del archipiélago japonés y no solo está presente en jóvenes, sino que también en adultos mayores.

“Hasta ahora, los médicos han abordado el aislamiento social extremo como un síntoma de enfermedades como la depresión o la ansiedad. Pero va más allá de eso. Se trata de un síndrome que debe considerarse como un problema de comportamiento en sí mismo. Y el primer paso para eso, dijo, es llegar a una definición”.

Con ese objetivo, el grupo publicó en la revista World Psychiatry las particularidades de esta forma de retraimiento patológico, cuya característica esencial es “el aislamiento físico y mental dentro del hogar; por un período continuo de, al menos, seis meses; con deterioro funcional significativo o angustia asociada a este retiro” (DOI: 10.1002/wps.20705).

Posee cuatro aspectos clave a destacar: si bien el confinamiento sigue siendo la característica central y definitoria del hikikomori, los autores agregan la consideración de los niveles de gravedad: formas ligeras y moderadas para aquellos que abandonan muy ocasionalmente (dos a tres veces por semana) su casa; y graves para aquellos que salen solo una vez o menos, válido también para aquellos que utilizan solo una habitación en ella.

Se eliminó como criterio el evitar situaciones y relaciones sociales, pues la evidencia sugiere que los pacientes niegan haber evadido estas interacciones por considerar que se sentían cómodos no teniéndolas. Comportamiento que también se pudo constatar en personas mayores.

Como tercer aspecto, dicen los autores, se debe evaluar la angustia cuidadosamente. Si bien el deterioro en el funcionamiento del individuo es vital para que esta sea una condición patológica, la angustia subjetiva puede no estar presente. “Nuestras entrevistas clínicas en profundidad nos han revelado que muchos pacientes realmente se sienten contentos con su retraimiento social, particularmente en la fase anterior de la afección. Sin embargo, a medida que aumenta la duración del encierro, comienzan a desarrollar sus síntomas”. 

Y, por último, este síndrome tiende a coexistir con otras patologías mentales, por lo que no se pueden descartar durante el diagnóstico. Por el contrario, “en nuestra opinión, la frecuencia de las condiciones concomitantes aumenta la importancia de considerar este retiro patológico como un problema de salud, que afecta negativamente la educación y estabilidad de la fuerza laboral”. 

“La profesión médica no ha reconocido tradicionalmente el aislamiento social como un problema de salud, no le prestamos atención, porque creemos que no va a estar en nuestro camino. Sin embargo, estamos evidenciado que son temas que comparten, por ejemplo, un habitante de Portland de 80 años que vive solo o un joven de 18 años con hikikomori en Japón”.

“Con los avances en las tecnologías digitales y de comunicaciones que proporcionan alternativas a la interacción en persona, esta condición puede convertirse en una preocupación cada vez más relevante. En la atención, a menudo, nos olvidamos de que la vida de una persona es realmente lo que le da sentido y valor a su cotidianidad”. 

Los investigadores esperan que estos criterios diagnósticos simplificados puedan ayudar a estandarizar la evaluación, fomentar la comparación intercultural de este síndrome y ampliar la comprensión respecto a la importancia de las conexiones sociales para una buena salud mental y física, para así obstaculizar el camino a muchos jóvenes y adultos mayores hacia el individualismo extremo, que se teme sea una nueva patología global. 

Por Carolina Faraldo Portus