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04 Enero 2021

Nutrición ancestral como estilo de vida

La dieta paleolítica intenta recuperar los orígenes, donde el hombre se alimentaba en base a frutas, verduras, frutos secos y pequeños animales, y vivía en constante movimiento.

Los profundos cambios ambientales, asociados a modificaciones en la conducta y hábitos saludables han llevado a una ruptura en el equilibrio de los individuos con su entorno y a notorias consecuencias: sobrepeso, obesidad, diabetes mellitus y otras enfermedades crónicas relacionadas con la mal nutrición. 

A partir del desarrollo de la agricultura y ganadería, la alimentación, y en general el estilo de vida, experimentaron grandes transformaciones, sumado al efecto de la Revolución Industrial, especialmente en los últimos 150 años. Aumentó la ingesta calórica y se produjo una disminución del gasto energético, privilegiándose el consumo de grasas saturadas, ácidos grasos omega-6 y trans por sobre el omega-3; y se evidenció una notoria baja de carbohidratos complejos y fibra. 

En términos de genética, actualmente vivimos en un ambiente nutricional que difiere del de los inicios para el que nuestra constitución fue seleccionada. Se trata de un lapso breve, alrededor de 10 mil años, en el que las presiones selectivas no han actuado suficientemente rápido como para producir nuevos cambios adaptativos [1]. 

Para el nutricionista Loren Cordain esta “discordancia evolutiva” favoreció la introducción de alimentos novedosos en la dieta, “para los cuales el genoma de los homínidos carecía de experiencia, los que han afectado negativamente la carga glucémica, composición de ácidos grasos y macronutrimentos, densidad de micronutrientes, balance del ácido-base, la razón sodio/potasio y el contenido de fibra [2]”.

El especialista en fisiología del ejercicio de la Universidad Estatal de Colorado investigó esta problemática por más de dos décadas para escribir su libro “La paleodieta”, en el que insta a ingerir comidas no procesadas. “Esto significa una pauta basada en frutas, verduras y frutos secos, ojalá orgánicos y sin pesticidas; junto a carnes y pescados libres de antibióticos, es decir, una proporción óptima de proteínas, grasas y carbohidratos”.

Este modelo también fue pensado por Leonardo Da Vinci, quien además de sus talentos artísticas, era un nutricionista en ciernes. Para mantenerse activo y sano implementó una serie de reglas dietéticas y culinarias de orientación vegetariana equilibrada, caracterizadas por la moderación y la disciplina por un lado; y el disfrute y la felicidad por otro. 

Privilegió los productos frescos simples en lugar de los procesados o en escabeche. Era partidario de los alimentos ricos en fibra, como verduras, frijoles y cereales. El pan debía estar recién horneado con harina de trigo integral, porque así mantenía un índice glucémico bajo y un efecto de saciedad elevado [3]. 

Junto a sus bocados, ingería abundante de agua y, en ocasiones, vino de baja graduación alcohólica, como una alternativa a las fuentes de agua contaminadas. Sugirió los sabores naturales, sin sal o azúcar adicionada, y limitó el uso de grasas saturadas. 

Creía firmemente en la importancia del ambiente culinario y la disciplina gastronómica, porque una comida relajada y lenta ayudaba a reducir las calorías totales; y enseñó a los estudiantes a “escuchar el cuerpo” para evitar comer en exceso o solo por placer. 

Actualmente, la evidencia muestra que internalizar esta paleodieta e incorporar productos integrales como huevos, frutas, verduras, frutos secos, semillas, tubérculos y carnes magras ayuda a reducir el riesgo de diabesidad y endocrinopatías.

El objetivo de una dieta paleo consiste en regresar una alimentación similar a la de los primeros humanos, porque nuestro cuerpo es genéticamente incompatible con la nutrición moderna. Los beneficios ya se están reportando y entre ellos destacan mayor adelgazamiento, mejor tolerancia a la glucosa y control de la presión arterial, reducción de triglicéridos y manejo del apetito [4].

La agricultura fue el punto de inflexión que cambió el régimen y estableció los lácteos, cereales y legumbres como alimentos de primera necesidad adicionales en la dieta humana. La capacidad de adaptación corporal se vio superada y esa incompatibilidad es uno de los factores que ha contribuido a la actual epidemia de enfermedad cardiovascular en las sociedades industrializadas.

Un grupo de investigadores de la Universidad de Princeton se propuso probar esa teoría, analizando al pueblo Turkana, una población del noroeste de Kenia que ha visto una división en su población entre quienes todavía siguen un estilo de vida tradicional de subsistencia y los que migran a la ciudad y adoptan una dieta más moderna [5].

Al observar a 1.226 Turkanas adultos en 44 ubicaciones, los científicos encontraron que los primeros obtuvieron puntajes altos en los 10 biomarcadores para la salud, como la cardiometabólica; mientras que en los segundos eran bajos, incluso tasas más altas de obesidad, enfermedad cardíaca, diabetes e hipertensión arterial. Las diferencias también mostraron una correlación entre el tiempo que habían estado viviendo en las ciudades y menores puntajes de salud.

“Los seres humanos evolucionaron en un entorno muy diferente al que vivimos actualmente. Ninguna dieta es universalmente mala. Solo se trata de la falta de coincidencia entre nuestra historia evolutiva y lo que estamos comiendo actualmente”, dice en un comunicado de prensa Amanda Lea, autora principal del estudio e investigadora postdoctoral en el Instituto Lewis-Sigler de Genómica Integrativa de Princeton. 

“El régimen paleo no era abundante y el cuerpo estaba preparado para almacenar energía cuando los alimentos escasearan. En nuestro entorno, la abundancia y el acceso constante a suministros procesados significan que nuestros cuerpos están ahorrando energía para un período de escasez que nunca llega y tratando de adaptarse a los diferentes químicos y aditivos que ahora se usan en los productos”.

Es posible que las personas obtengan los mismos beneficios para la salud realizando suficiente ejercicio y siguiendo un régimen equilibrado con frutas y vegetales. Sin embargo, vale la pena pensar que los patrones alimentarios debieran reorientarse hacia una estructura ancestral, porque mirar al pasado e internalizar lo bueno de él, no es solo conocimiento: es evolución. 

Referencias
[1] Simopoulus AP. Genetic variation and nutrition. World Rev Nutr Dietetics. 1999; 84:118-40
[2] Cordain L, Eaton SB, Sabastian A, Mann N, Lindeberg S, Watkins BA, et al. Origins and evolution of the Western diet: health implications forthe 21 st century. Am J Clin Nutr. 2004; 81: 341-54.
[3] Parmar G, Shaikh S, Joshi A, Kalra S. The DA Vinci Diet. J Pak Med Assoc. 2018;68(11):1724-1726.
[4] Gupta L, Khandelwal D, Lal PR, Kalra S, Dutta D. Palaeolithic Diet in Diabesity and Endocrinopathies - A Vegan's Perspective. Eur Endocrinol. 2019;15(2):77-82. doi:10.17925/EE.2019.15.2.77
[5] Lea AJ, Martins D, Kamau J, Gurven M, Ayroles JF. Urbanization and market integration have strong, nonlinear effects on cardiometabolic health in the Turkana. Sci Adv. 2020;6(43):eabb1430. 

Por Carolina Faraldo Portus