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30 Agosto 2021

Olores y sabores al servicio de la memoria

El escritor francés Marcel Proust inspiró a la ciencia a estudiar por qué estos sentidos pueden evocar recuerdos involuntarios. A esta experiencia consagrada en su literatura se le conoce también como efecto magdalena.

El propósito de los sentidos es recabar información sobre el medio circundante. Tanto olfato como gusto, por su funcionalidad relacionada, se agrupan dentro de los llamados “sentidos químicos” y al primero se le considera complemento del otro.

Probablemente son los más antiguos y los menos comprendidos de los cinco. A través de la evolución, se ha mantenido conectado con las secciones del cerebro que se convirtieron en el “archivo” de la clasificación de las respuestas emocionales, ligando íntimamente a los olores con ellas.

El conocido novelista francés Marcel Proust (1871-1922) tiene una relación muy especial con esta explicación. Además de la calidad literaria de sus obras y su sensibilidad a través de las palabras, motivó un interés particular de la ciencia por el estudio de los recuerdos involuntarios o episódicos, aquellos que sin proponérselo son evocados después de experimentar estímulos al azar [1].

El escritor ha llamado la atención de los neurocientíficos y psicólogos cognitivos por su descripción y exploración única de los vínculos entre olfato y gusto con la memoria. En su libro “Proust y la neurociencia”, publicado en 2007, el escritor Jonah Lehrer desarrolla el argumento respecto a que “la ciencia no es la única senda que conduce al conocimiento, puesto que el arte siempre se adelantó a ella en el empeño por comprender el cerebro humano”. 

El también columnista de la revista estadounidense Wired -que ha trabajado en el laboratorio del neurocientífico Eric Kandel, Premio Nobel de Medicina y Fisiología en 2000- destaca que los recientes avances de la neurociencia sobre los mecanismos y propiedades de la memoria fueron esbozados previamente por Proust en sus novelas, particularmente en “Por el camino de Swann”, el primer volumen de la serie “En busca del tiempo perdido”, que contiene siete novelas publicadas entre 1913 y 1927.

La narración comienza con el protagonista disponiéndose a degustar una magdalena recién horneada. Cuando decide bañarla en el vaso de té caliente y llevársela a la boca, las sensaciones que percibe lo transportan directamente a los recuerdos de su infancia en Combray, un pueblito al noroeste de Francia. De hecho, el texto se compone de más de 3.000 páginas en las que se cuentan los hechos que Charles recuerda a raíz de esa situación.

A esta asociación que realiza automáticamente el cerebro cuando percibe una determinada sensación a través de los sentidos, generalmente del olfato y que evoca un suceso pasado, sin que medie ningún proceso consciente se le conoce como el efecto magdalena de Proust.

Resulta curioso que un sencillo recurso literario arroje luz sobre complicados procesos que todavía la neurología no ha logrado revelar por completo. “La forma en que precisamente ocurre sigue siendo parcialmente comprendida. Cuando se forman los recuerdos, el hipocampo ayuda a registrar, conservar y evocar experiencias procesadas previamente en regiones cerebrales especializadas y dedicadas a cada sentido. Por eso, cuando se experimenta el mismo olor o sabor es posible ‘reactivar’ imágenes, sonidos, sensaciones y emociones”, destaca el doctor Loren M. Frank del Instituto Kavli de Neurociencia Fundamental de la Universidad de California [2].

Un artículo del Departamento de Neurología de la Facultad de Medicina Feinberg de la Universidad de Northwestern en Estados Unidos es el primero en sugerir e identificar una base neurobiológica para el acceso privilegiado del olfato a zonas de la memoria en el cerebro [3]. 

El estudio compara las conexiones entre las áreas sensoriales primarias -incluidas la visual, auditiva, táctil y olfativa- y el hipocampo. Los investigadores descubrieron que el olfato tiene la conectividad más fuerte, porque realiza un proceso muy rápido de captación. “Va directo desde el bulbo olfativo al sistema límbico, que es el encargado de gestionar las emociones. Este trabaja con una parte muy primitiva, pero también conecta con la corteza cerebral para las cuestiones más racionales. Los olores son capaces de hacer una perfecta mezcla entre ambas aportaciones”, señala la investigadora principal Christina Zelano, profesora asistente de neurología en la Universidad Northwestern.

Combinando neuroimagen funcional y electrofisiología intracraneal para comparar directamente las redes funcionales del hipocampo en los sistemas sensoriales humanos, evidenciaron que “la corteza olfativa primaria humana, incluido el núcleo olfatorio anterior, el tubérculo olfatorio y la corteza piriforme, tiene una conectividad funcional más fuerte con las redes del hipocampo en reposo, en comparación con otros sistemas sensoriales”. 

Esto apunta a que la conectividad olfativo-hipocampal puede haberse mantenido en la evolución de los mamíferos. “Durante este proceso, los seres humanos experimentaron una profunda expansión del neocórtex que reorganizó el acceso a las redes de memoria. La visión, oído y tacto se redirigieron en el cerebro a medida que el neocórtex se expandía, conectándose con el hipocampo a través de un intermediario: la corteza de asociación, en lugar de hacerlo directamente. Nuestros datos sugieren que el olfato no se sometió a este desvío, sino que tuvo acceso directo a esta estructura”.

Reconocer el poder de olores específicos podría abrir la posibilidad de usarlos como herramienta terapéutica para revivir emociones positivas en personas con depresión y mejorar así su ánimo o evocar recuerdos pasados en enfermos de alzhéimer. Una ventana científica abierta desde el mundo de la literatura involuntariamente. 

Referencias
[1] Baudry M. Did Proust predict the existence of episodic memory? Neurobiol Learn Mem. 2020;171:107191.
[2] Kay K, Chung JE, Sosa M, et al. Constant Sub-second Cycling between Representations of Possible Futures in the Hippocampus. Cell. 2020;180(3):552-567.e25.
[3] Zhou G, Olofsson JK, Koubeissi MZ, et al. Human hippocampal connectivity is stronger in olfaction than other sensory systems. Prog Neurobiol. 2021;201:102027.

Por Carolina Faraldo Portus

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